Conceptos equivocados en relación con la salud infantil
Desde siempre, las personas han tenido un gran interés por las enfermedades y las molestias que padece el ser humano y, como es lógico, han procurado darles una explicación. Pero su razonamiento, por falta de conocimientos suficientes, ha buscado como causa y explicación de las enfermedades humanas, hechos que no tienen nada que ver, aunque por su coincidencia parecían confirmarlos de manera irrefutable.
Repasemos algunos de ellos.
La dentición
Es costumbre general creer y afirmar que “la salida de los dientes es causa de llanto, fiebre o diarrea”. En realidad, la dentición nunca es causa de estos problemas. Desde alrededor de los 6 meses de edad y hasta los tres años salen 8 dientes, 4 colmillos y 8 muelas y, por lo tanto, es fácil que, en las enfermedades frecuentes de esta edad, se encuentre muchas veces la coincidencia con la salida de un diente.
Y, si realmente puede haber una relación, es más lógico que sea la enfermedad la que ayude a salir el diente, que no que el diente pueda dar lugar a la enfermedad. Cuando hay una enfermedad el organismo trabaja más deprisa, el metabolismo se activa, la circulación sanguínea se acelera, lo cual puede estimular al diente que ya estaba a punto de salir a que salga de una vez.
Tampoco es verdad que “el niño pequeño se pone las manos en la boca porque le duelen las encías”. El niño se pone las manos en la boca porque es el primer movimiento coordinado y, hasta cierto punto, voluntario que aprende. Cuando está despierto, lo hace constantemente con suavidad cuando está tranquilo y contento, y con rabia y llorando cuando algo le duele o está enfadado. La prueba de que no tiene nada ver el hecho de ponerse las manos en la boca con la salida de dientes es que estos dos hechos no coinciden. Todos los niños buscan la boca con las manos, de manera voluntaria, a partir de los 2 o 3 meses de edad. En cambio, la salida de los primeros dientes no suele darse antes de los 6 meses y, muchas veces, incluso a los 15 meses de edad.
Por tanto, resulta inútil darles aquellos medicamentos que antes e incluso ahora se dan para ayudarlo a dentar o para calmar las molestias.
La baba
Mucha gente piensa que “la baba, si se traga, puede ser perjudicial para el niño”. En realidad, la baba no es más que la saliva, que si se traga no puede motivar ningún trastorno.
Los bebés dejan muy a menudo la boca abierta y no se preocupan de tragar la saliva, y por eso chorrea. Pero, cuando tienen fiebre, la boca queda seca y, lógicamente, la baba deja de chorrear. Por lo tanto no hay nada más equivocado que decir que “la baba ha quedado cerrada dentro” y que eso es la causa de la enfermedad.
Otra equivocación es creer que la mucosidad que acompaña a las heces diarreicas es “la baba que sale por abajo”. Estas mucosidades no tienen nada que ver con la baba. Tan solo es el moco que se fabrica en toda mucosa inflamada, en este caso, la del intestino.
El empacho
Cuando una persona se encuentra mal, casi siempre tiene el reflejo inmediato de pensar qué comida no le ha sentado bien. Repasa mentalmente las comidas de ese día o del anterior y casi siempre encuentra un motivo suficiente para atribuirlo a los huevos, a la leche, al arroz o la carne guisada. Si no, lo relaciona con el hecho de haber comido demasiado deprisa, o de haber tomado bebidas demasiado frías. Todo esto se incrementa cuando se trata de los bebés, los cuales acompañan sus enfermedades con vómitos o con dolor de estómago.
La mayor parte de las enfermedades que se padecen no tienen nada que ver con la comida. Solamente algunas, no muy frecuentes, como la Fiebre Tifoidea (que se contrae al ingerir aguas, legumbres o marisco contaminado) o las toxinfecciones alimentarias (producidas por algún dulce o nata infectada) son causadas realmente por un alimento en malas condiciones.
En los otros casos, se trata casi siempre de una enfermedad infecciosa, contagiada por otra persona, que produce molestias digestivas si el agente infeccioso se localiza en el tubo digestivo.
Solamente se puede hablar realmente de empacho cuando un niño grandecito un buen día se atiborra de chocolate, de dulces, de turrón… etc. y esa noche se despierta quejándose del vientre y vomita dos o tres veces. Al cabo de un rato tiene diarrea, sin fiebre, y, generalmente, al cabo de unas horas de dieta y sin ningún tratamiento, queda totalmente restablecido. Por suerte se ha eliminado la práctica, tan usual en otros tiempos, de dar purgantes.
La acetona
Hasta hace poco, la famosa acetona ha traído a las madres y a los médicos un poco engañados. Se creía que, cuando con una tira reactiva, salía acetona en la orina de un niño enfermo, esa era la causa, y que “producía vómitos y fiebre”. Se pensaba que la aparición de acetona era debida a una alimentación errónea y se daba la culpa, especialmente, a la leche, a los huevos y a los plátanos.
Hoy en día se sabe que la acetona no es la causa de la enfermedad, sino la consecuencia de ésta, e indica esencialmente que el organismo se ha quedado sin azúcar para quemar.
Para su funcionamiento, el organismo quema un azúcar (glucosa), del cual tiene unas reservas limitadas, especialmente en los bebés.
Cuando se tiene una enfermedad se consume más glucosa, ya que todas las funciones del organismo se aceleran. Además, la enfermedad ocasiona desgana, lo cual dificulta la recuperación de la glucosa gastada. Si a todo esto, se añaden vómitos, todavía se hace más difícil recuperar los niveles de glucosa.
Ante esta situación de falta de glucosa, el organismo busca otro combustible para quemar. Entonces recurre a las grasas de reserva y éstas, al quemarse, dejan un residuo que es la acetona, que se elimina por la orina y por el aliento.
Por tanto, es erróneo instaurar un tratamiento contra la acetona. Lo que debe hacerse es identificar el foco de la enfermedad (anginas, gripe, hepatitis, gastritis…) y tratarlo adecuadamente. Y no hace falta decir que es absurdo prohibir la leche, huevos y plátanos.
La leche como causa de enfermedades
La leche es prácticamente el único alimento de los seis primeros meses de vida y muy importante hasta los dos o tres años.
Ocurre que a veces se le ha atribuido a la leche la causa de que “al bebé le salen granitos en la cara o el cuerpo, o cuando se le forman escamas en el cuello” En estos casos se dice erróneamente que “la leche es demasiado fuerte, que no la digiere, que le irrita”. También tiene la culpa la leche “si las heces del bebé son de color verdoso o si vomita o regurgita”. Si la leche es materna, se le dice a la madre que no coma cosas verdes ni fuertes, con lo cual se le hace la vida imposible.
Si la leche es en polvo, se cambia de marca. A veces, en poco tiempo se prueban cinco o seis marcas. Si es de vaca, se le añade agua para rebajarla, con lo cual, el bebé pasa hambre… Hay que ser muy prudentes antes de atribuir maldades a la leche, ya que pocas veces producen enfermedades.
Otra cosa es la llamada intolerancia a la lactosa.
La intolerancia a la lactosa se presenta cuando el intestino delgado no produce suficiente enzima lactasa. El organismo de los bebés produce esta enzima de tal forma que pueden digerir la leche, incluyendo la leche materna. Antes de que los seres humanos se convirtieran en granjeros y procesaran productos lácteos, la mayoría de las personas no seguía consumiendo leche en su vida, de tal manera que no producían lactasa después de las primeras etapas de la infancia.
La intolerancia a la lactosa es más común en poblaciones asiáticas, africanas, afroamericanas, nativos americanos y pueblos del Mediterráneo que en las poblaciones del norte y occidente de Europa. La intolerancia a la lactosa puede comenzar en diversos momentos en la vida. En las personas de raza blanca, generalmente comienza a afectar a los niños mayores de 5 años; mientras que en las personas de raza negra, la afección se presenta a menudo hasta los dos años de edad. La intolerancia a la lactosa no es peligrosa y es muy común en los adultos. La intolerancia a la lactosa se observa algunas veces en bebés prematuros. Los bebés nacidos a término generalmente no muestran signos de esta afección hasta que tienen al menos 3 años de edad.
El hecho de no tener suficiente lactasa (deficiencia de lactasa) también se puede presentar como resultado de enfermedades intestinales como la celiaquía y la gastroenteritis o después de una cirugía intestinal. La deficiencia temporal de lactasa puede resultar de infecciones virales o bacterianas, especialmente en niños, cuando se lesionan las células que recubren el intestino.
